
Mientras Chile discute cómo tributan, una industria diseñada para explotar sesgos conductuales lleva años instalándose, sin mayor resistencia, en los teléfonos de los jóvenes.
Por Gabriela Salvador

El Nobel de Economía 2025 premió a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt por recordarnos que el crecimiento no nace del capital, sino de la innovación y la competencia.
Su teoría de la destrucción creativa explica que las economías avanzan cuando permiten que las nuevas ideas reemplacen a las viejas, y cuando el Estado crea condiciones para que esa renovación ocurra.
Chile invierte solo 0,4 % del PIB en I+D, unos US$ 1.600 millones anuales, frente al 2,7 % promedio de la OCDE. Si aplicáramos el «manual Nobel» y lleváramos esa inversión al 1,5 % del PIB —unos US$ 6.000 millones anuales—, podríamos elevar el crecimiento potencial del 2,2% actual a cerca de 3,5 % hacia 2035.
No es retórica: es evidencia. Cada punto adicional del PIB en innovación genera entre 0,5 y 1 punto extra de productividad en una década.
Más que gasto, la innovación es un multiplicador de futuro. Mokyr sostiene que el progreso proviene del conocimiento acumulado; Aghion y Howitt demuestran que la competencia mantiene viva la curiosidad. Chile necesita ambas cosas: educación que forme innovadores y competencia que los deje florecer.
No hay crecimiento sin riesgo ni reinvención. Invertir en conocimiento no es un lujo: es la única política económica que multiplica todas las demás. El verdadero desafío no es gastar más, sino atreverse a crear más.